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Me va a dar un infarto… pero de los buenos. Estas últimas semanas he estado a dos pasos de volverme loca por aquello de que decidí renunciar a mi trabajo para dedicarme por completo a terminar la condenada tesis (y estoy segura de que lo lamentaré dentro de poco), pero como me dio remordimiento abandonar un proyecto a medias pensé que sería mejor terminarlo antes de marcharme. Lo malo es que, al saber que me quedaría un poco más de lo planeado, mis jefes han decidido explotarme aprovecharme al máximo antes de mi último día y el trabajo me ha robado tanto tiempo que no me di cuenta de que ¡Hay un centenar de conejos en la madriguera! 

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Abuelito, dime tú…

Soy una rebelde. Mientras todo el mundo está hipnotizado por el hype de Digimon Tri, yo les traigo una entrada sobre la adorablemente cursi niña de los Alpes.

Pff ¿A quién quiero engañar? En realidad estoy muerta de envidia por todos los que ya tuvieron la fortuna de ver de nuevo a Tai y Agumon, pero desafortunadamente mi hermana se encuentra en entregas finales y últimamente tiene su lado ñoño responsable tan a flor de piel que no se puede permitir distracciones (¿Cómo se atreve a llamar a Digimon una simple “distracción”?). El problema es que ver Digimon sin ella supondría un acto de alta traición de mi parte, de modo que solo me queda huir despavorida de todo aquello que pueda contener el más mínimo spoiler hasta entonces. Pero mientras llega el momento ¿Qué tal un poco de nostalgia más clásica?

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¿Más shōjo sin romance?

En alguna entrada pasada me parece que comenté que mis huesos eran de chicle y que nunca me había roto uno, pero aunque aún permanezco invicta en cuanto a fracturas óseas, las articulaciones y ligamentos entran en otro apartado. La semana pasada, mientras hacía prácticamente nada, me lastimé un ligamento de la rodilla y, bueno, para alguien que no había sufrido una lesión grave en toda su vida, pasar una semana completa evitando moverme resultó ser bastante duro (Por cierto, gracias a Khalil y a Streiker por sus buenas vibras).

Claro que, viendo el lado bueno, eso me dejó con un montón de tiempo libre que por supuesto aproveché para reducir un poquito la lista de lecturas pendientes y terminé con mucho material para una nueva entrada de la sección (ah, sí, ahora será una sección) de Shōjo sin romance, cuya primera parte pueden encontrar aquí. 

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El piano del bosque

Hace relativamente poco hubo una especie de invasión de películas y cortometrajes de animación japonesa en la mayoría de los blogs que sigo. Bien dicen que las grandes mentes piensan igual, pero aunque la mía no es grande ni muy pensante, ya tiene bastante que no traigo una película por estos lares, así que para seguir en la misma onda decidí revisar la gigantesca lista de películas pendientes y después de una cuidadosa y exhaustiva selección (ya saben, arrojé una moneda) ésta fue la ganadora de la reseña de hoy.

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Detroit Metal City

Johannes Krauser II es el aterrador y despiadado vocalista/guitarrista de la banda de death metal más popular de todo Japón; en poco tiempo su nombre se ha transformado en leyenda debido a la gran cantidad de atroces rumores que circulan a su alrededor y bajo su liderazgo la banda promete ser uno de los mayores exponentes del metal a nivel mundial.

Lo que el mundo no sabe es que Krauser en realidad es Soichi Negima, un cándido y sensitivo joven campirano que viajó a Tokio para perseguir su sueño de convertirse en una estrella del pop. Los crueles azares del destino le llevaron a formar parte de Detroit Metal City, una banda que contradice todo lo que el muchacho siempre deseó y se verá obligado a llevar una contrastante doble vida mientras intenta que nadie averigüe la verdadera identidad de Krauser.

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El libro sin nombre

Querido lector.

Durante siglos una librería perdida en el mundo ha escondido un secreto. En sus estantes hay un misterioso libro sin nombre ni autor. Quien lo lee… acaba muerto. ¡Sólo las almas puras pueden ver las páginas de este libro! Ahora es tu turno. Cada página que pases, cada capítulo que leas, te acercará al final. Vendrá la oscuridad, y con ella grandes males.

Pero recuerda: todas las personas que han leído El libro sin nombre están muertas. La única forma de saber por qué es leerlo tú mismo… ¡Suerte!

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